Argentina sacó chapa en el Centenario, festejó ante Uruguay y acaricia la clasificación al Mundial
Con un golazo de Thiago Almada, la Selección Argentina, con varias bajas, derrotó 1 a 0 a Uruguay en el clásico del Río de La Plata, en Montevideo, en el marco de la decimotercera fecha de las Eliminatorias Sudamericanas, en la cual es líder.
Muy arriba. Adonde ni el mejor gancho de Sergio Rochet hubiera podido llegar. Arriba de todos. De los guantes del arquero lookeado de naranja baliza, de las cabezas de los zagueros uruguayos de metro ochenta y pico.
El tiro de Thiago Almada sobrevoló el cielo montevideano a la velocidad de los satélites de Elon Musk antes de entrar haciendo estallar al sector argentino de la tribuna América. Y de consolidar, con ese triunfo ajustado, a la Selección en el cenit de la tabla. A seis puntos del escolta Ecuador. Y a uno de distancia del Mundial.
El zapatazo del #11 -con la calidad de su ilustre predecesor- motivó el agite del guante de Dibu Martínez celebrando la obra, que estuvo por encima del estándar estético del clásico. Porque el filo del cuchillo rozó las comisuras y se marcó con dientes.
Por eso el “Ar-gen-tina” que tronó una vez superados los 96 minutos. El pogo de Dibu Martínez como coordinador frente a una tropa diezmada por lesiones, con un De Paul preservado saltando abrazado a los nuevos chicos de esta generación que les ofrece lugar a quienes se suman -siempre respetando los rangos.
Una Scaloneta que se creyó lo que era. Lo que es. Un equipo resiliente ante los golpes que la doble fecha le asestó. Lo Celso, Messi, Lautaro, un amago de perder también al #7 de la cábala matera. Un equipo de veintipico en el que son capaces de jugar todos. Y con diferentes modelos.
Porque en el Centenario no hubo dominio total sino estratégico: se esperó a que Uruguay atacara con la pelota para romper con pases aguijón hacia adelante. No siempre claros, con algunos desajustes especialmente en el primer tramo que derivaron en insinuaciones sin tanto vértigo. Pero la búsqueda era que el local pisara la cuerda de la trampa y zácate: romper en velocidad aprovechando a Julián.
Sin embargo, al entender que Uruguay le había tomado la mano a la táctica, afloró la versatilidad. Como Álvarez retrocediendo a zona Messi para dejar callejones para Mac Allister o Almada. O Giuliano rompiendo por banda contraria para desestabilizar. Pero el problema, en cada ataque, era el mismo: Rochet.
Un arquero que llevaba 104 días sin atajar y no sintió la inactividad: mandó con reflejos un tiro/centro de Giuliano, se anticipó con un gancho al ras a una gambeta filosa de Almada y luego mandó al corner un remate de advertencia de Thiago.
Pero con el gol no pudo. Con esa cabeza levantada y ese control con el botín que terminó estallando en la cara interna de la red, en lamento del arquero y en celebración a noventa metros de la acción, con abrazos del volante con Santi Castro, Benja Domínguez y hasta Marito, que ya merece entrar un ratito.
Es cierto, por caso, que cuando Valverde intentó desde afuera o cuando De la Cruz tomó la pelota Uruguay -cambio acertado del Loco- entonces Uruguay arrinconó a la Argentina. Pero ahí el espíritu proletario de la Scaloneta propició la contracción táctica colectiva para endurecer el bloque bajo y que, así rebotaran en los pies de Cuti y Otamendi todos los centros que caían dentro del área. Evitando que el golpeado Darwin Núñez, aplaudido en la previa para que se motivara en plena crisis de confianza, reaccionara justo en el clásico.
Un clásico complejo desde que los primeros hinchas que sacaron los boletos más caros del Centenario se enteraron de que no venía Messi. Y que la Selección sacó adelante. Para terminar bien arriba. En el partido, en la tabla, en este camino hacia el Mundial de los Estados Unidos, México y Canadá que está a tan solo un empate de conseguirse. Aunque si viene con victoria ante Brasil, el vuelo será más alto…
Video Fuente: Conmebol.-