El avance de la inteligencia artificial redefine el lugar del ser humano

La fascinación por los avances tecnológicos deja en segundo plano una discusión impostergable: el futuro del trabajo, el pensamiento y la dignidad humana.

La Inteligencia Artificial avanza a una velocidad que deslumbra y transforma nuestra vida cotidiana. Sin embargo, las extraordinarias posibilidades que ofrece genera, al menos, un interrogante: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nombre del progreso tecnológico y qué lugar quedará reservado para el ser humano?

Resulta lógico que transitemos estos tiempos encandilados por los alcances de la IA. Es que estamos frente a una herramienta extraordinaria que no deja de sorprendernos con nuevas funcionalidades, capacidades para procesar información, resolver problemas y simplificar tareas.

Sería absurdo desconocer sus beneficios o pretender detener una transformación que ya está modificando nuestra manera de vivir, trabajar y relacionarnos. Sin embargo, una cosa es reconocer el valor de una herramienta y otra distinta es convertirla en objeto de veneración, atribuyéndole capacidades ilimitadas y relegando a un segundo plano al principal beneficiario, el ser humano.

Escuchamos a diario expresiones como "¿Viste lo que hace la IA?", pronunciadas con una mezcla de sorpresa y admiración. Cada nueva aplicación supera a la anterior. Literalmente lo que ayer nos maravillaba, hoy resulta habitual y mañana la veremos como una función común.

Esta sucesión de novedades alimenta la sensación de que estamos frente a una tecnología capaz de hacerlo todo. Ahí, precisamente, es donde aparece una cuestión en la que hay que reflexionar dejando de lado el entusiasmo.

De la fascinación a la dependencia
La exaltación permanente de las bondades de la IA no solo magnifica sus capacidades, sino que también va instalando, casi sin que lo advirtamos, la idea de que la tecnología puede y debe reemplazar al ser humano.

Se genera así una suerte de bola de nieve que crece impulsada por el entusiasmo de sus usuarios, los intereses económicos que promueven su expansión y una competencia tecnológica sin pausa.

El problema no es que la IA avance, sino que su crecimiento pueda producirse sin detenernos a pensar seriamente en sus consecuencias sociales, laborales y culturales. Es que detrás de los procesos automatizados y de las funciones que dejan de necesitar de la intervención humana, hay millones de personas que pierden su lugar en el mundo laboral y social.

Es decir, hay trabajadores, profesiones, experiencias acumuladas durante décadas, familias y proyectos de vida que son y podrían verse afectados por una transformación cuyo verdadero alcance todavía desconocemos. Lo más importante es que mañana podría ser quien está leyendo este artículo el reemplazado por la IA, algo que habitualmente no entra en los cálculos de quienes no dejan de acrecentar su fascinación por este sistema.

Es cierto que las revoluciones tecnológicas siempre modificaron el mundo del trabajo y también dieron lugar a nuevas ocupaciones. Pero suponer que esta vez las oportunidades compensarán todos los empleos perdidos sería muy apresurado. Tal vez, la diferencia con otras revoluciones resida en la velocidad en que suceden las cosas.

En muy poco tiempo, la IA comenzó a intervenir en actividades intelectuales, creativas, administrativas y profesionales que se consideraban esencialmente humanas.

Mientras celebramos cada nueva conquista tecnológica, pocas veces nos ponemos a pensar qué sucederá con quienes hasta ayer realizaban esas tareas.

Convertir el progreso en un fin
Hay una paradoja que llama la atención. El ser humano desarrolla una tecnología destinada a mejorar su existencia, pero podría terminar construyendo, por su propia voluntad, las condiciones para perder protagonismo y que podrían ir en detrimento de su calidad de vida.

Es hora de preguntarnos si no estamos otorgando a la herramienta un lugar que debería seguir siendo de las personas. Porque la eficiencia no debería ser el único parámetro para determinar el valor de una actividad. Tampoco la velocidad debería convertirse en la medida absoluta del progreso.

Un trabajador es mucho más que el tiempo que demora en completar una tarea. Un profesional no vale sólo por la cantidad de información que procesa. Un docente, un médico, un periodista o un artista aportan conocimientos, experiencia, criterio, sensibilidad y una responsabilidad que no pueden reducirse a una comparación con el rendimiento de una máquina.

La tecnología puede asistirnos, potenciar nuestras capacidades e incluso superarnos en determinadas funciones. Pero que algo pueda automatizarse no significa necesariamente que deba reemplazar al responsable de esa tarea. En definitiva, ¿quién determina qué actividades humanas pueden ser sustituidas? ¿Con qué criterio se toman esas decisiones? ¿Y quién se hace responsable de las consecuencias? Aquí aparece una cuestión ética que quedó relegada frente al deslumbramiento que provoca cada nuevo avance.

El mayor peligro de endiosar la IA no está en la tecnología misma, sino en nuestra creciente disposición a entregarle espacios, responsabilidades y decisiones sin preguntarnos demasiado qué estamos dándole a cambio.

Hoy contamos con sistemas capaces de redactar, analizar, interpretar, recomendar y resolver problemas en cuestión de segundos. La tentación de recurrir a ellos para prácticamente todo es comprensible. Pero también obliga a plantearnos qué sucederá con nuestras capacidades si comenzamos a delegar sistemáticamente el esfuerzo de pensar, aprender, crear y decidir

Utilizar IA no implica renunciar al pensamiento crítico. Bien empleada, incluso puede ayudarnos a desarrollarlo. El riesgo aparece cuando dejamos de utilizarla como complemento y comenzamos a depender de ella para resolver cuestiones que antes exigían nuestro propio razonamiento.

No sería extraño que, en nombre de la comodidad, termináramos perdiendo parte de las habilidades que tanto esfuerzo nos llevó adquirir.

Existe, además, otra dimensión a tener en cuenta, la necesidad humana de sentirse útil, de encontrar reconocimiento en el trabajo, de aportar algo propio a la sociedad y de construir una identidad a partir de nuestras capacidades.

Qué ocurrirá si millones de personas comienzan a sentir que aquello que aprendieron, perfeccionaron y desarrollaron durante toda su vida puede ser realizado en segundos por una máquina. No hablamos sólo de la pérdida de empleos, sino también del riesgo de debilitar el sentido de pertenencia, la autoestima y el lugar que cada persona ocupa dentro de la sociedad.

De qué serviría alcanzar una eficiencia tecnológica extraordinaria si, al mismo tiempo, termináramos debilitando la dignidad y las oportunidades de quienes deberían beneficiarse de ella.

El progreso tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. Si ese objetivo comienza a perderse de vista, resulta legítimo preguntarse hacia dónde estamos avanzando.

Parar la pelota
Como se dice habitualmente en el lenguaje futbolero, quizás haya llegado el momento de "parar la pelota". No para detener la IA, algo que es además poco realista, sino para mirar con serenidad el camino que estamos recorriendo y preguntarnos hacia dónde vamos.

Es necesario debatir qué responsabilidades deben asumir las empresas que desarrollan estas herramientas, cuál debe ser el papel de los Estados y de qué manera podemos evitar que sus beneficios queden concentrados en unos pocos mientras las consecuencias recaen sobre millones.

Pero también existe una responsabilidad individual. Cada vez que recurrimos a la IA para resolver una tarea, convendría pensar si estamos aprovechando sus posibilidades para mejorar nuestras capacidades o si, simplemente, estamos renunciando a ejercitarlas.

No todo pasa por celebrar lo que esta tecnología puede hacer, también hay que preguntarse  qué conviene que haga, cuáles deberían ser sus límites y, fundamentalmente, para beneficio de quién está avanzando. Porque no todo lo tecnológicamente posible es necesariamente conveniente para la sociedad, ni todo aquello que mejora la productividad representa, por sí mismo, una mejor calidad de vida.

Hace siglos, el jurista romano Ulpiano formuló una definición de justicia que conserva una vigencia extraordinaria: "Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi", es decir, la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo.

Quizás ese antiguo principio pueda servirnos como referencia frente a uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Dar a la IA el lugar que merece como herramienta transformadora, capaz de ampliar horizontes y mejorar innumerables aspectos de nuestra existencia. Pero también preservar para el ser humano aquello que le corresponde, como su dignidad, creatividad,  capacidad de decisión, oportunidades y, sobre todo, su condición de protagonista de su propio destino.

No sabemos con certeza hasta dónde llegará esta tecnología y tampoco podemos anticipar todas las consecuencias que tendrá sobre nuestras vidas. Lo que sí sabemos es que todavía estamos a tiempo de discutir qué lugar queremos que ocupe.